quarta-feira, 12 de novembro de 2014

El privilegio de la tumba, por Mark Twain



El privilegio de la tumba
por Mark Twain



Que Mark Twain exageró en casi todo es sabido. Exageró cuando ganó fortunas súbitas y súbitamente las perdió. Exageró cuando huyó de Nevada luego de un duelo. Exageró cuando se adhirió a los Confederados y de inmediato se pasó a los Unionistas. Exageró cuando tomó prestado su seudónimo del grito de unos pilotos de barcazas que así se anunciaban entre ellos los peligros de unas aguas profundas. Exageró cuando vaticinó que, habiendo nacido en el día preciso en que pasaba por la Tierra el cometa Halley, él moriría cuando éste retornara –que fue lo que en efecto ocurrió. Y exageró, y mucho, para regocijo de todos sus lectores, en sus novelas y en sus ejercicios periodísticos: una exageración cómica, una exageración genial. Exagera también en el artículo que se publica a continuación, artículo que responde palabra por palabra al principio tan suyo de que sin exageración no hay ni diversión ni revelación artística verdadera.
 Sus moradores tienen un privilegio que no ejerce ningún ser vivo: la libertad de expresión. Estrictamente hablando, el hombre vivo no carece de este privilegio; sin embargo, al poseerlo como mera formalidad, y al conocer mejor cómo hacer uso de él, es imposible que lo aprecie con seriedad como una posesión. Como privilegio activo, se sitúa junto al privilegio de cometer asesinato: es necesario llevarlo a la práctica si se desean descubrir sus consecuencias. El asesinato está prohibido tanto formalmente como de hecho; la libertad de expresión está consentida por las formas pero prohibida en los hechos. Para el criterio común, ambos constituyen crímenes, y son tenidos por profundamente odiosos por la totalidad de la gente civilizada. El asesinato a veces es condenado; la libertad de expresión, cuando se comete, cosa que ocurre en muy raras ocasiones, lo es siempre. Hay más de cinco mil asesinatos contra un (impopular) pronunciamiento libre. Existe una justificación para esta renuencia a airear opiniones impopulares: su costo es altísimo. Puede arruinar a un hombre y sus negocios, provocar que pierda a sus amigos, condenarlo a la afrenta y al ultraje, someter a su familia sin mácula a la exclusión social, y hacer de su casa una soledad menospreciada y sin visitas. Una opinión impopular sobre política o religión yace escondida en la cabeza de cualquier hombre; es más: con frecuencia yace no sólo una opinión sino varias. Cuanto más inteligente el hombre, más carga de esta clase acarrea, y la guarda para sí mismo. No hay un solo individuo –incluído el lector y quien escribe– que no sea el dueño de acariciadas y preciosas e impopulares convicciones que el sentido común le prohíbe manifestar. A veces, reprimimos una opinión por razones que apuntan no tanto a nuestro crédito como a nuestro descrédito; no obstante, a menudo la reprimimos porque no somos capaces de pagar el costo amargo que conlleva emitirla. Nadie quiere ser odiado. Nadie desea ser esquivado.
Una consecuencia natural de este comportamiento es que, consciente o inconscientemente, intentamos sintonizar nuestras opiniones con las de nuestros vecinos y, a fin de preservar su aprobación, calculamos cuanto decimos para que no desentone ni desarmonice con el tono general de ellos. Esta costumbre a su vez arrastra a otro resultado: las opiniones manifestadas en público, al estar cercadas por, y originadas en, este criterio, impiden la existencia de una opinión que no obedezca sino a un mero intercambio de cortesías. No hay reflexión crítica ni principio moral que sostenga las opiniones; tampoco hay, en este sistema, una opinión que sea capaz de ganarse un respeto auténtico.
Cuando se presenta un proyecto político nuevo, y hasta entonces no aplicado, la gente, ansiosa y a la expectativa, se alarma, y por un tiempo se confina en la mudez y la reserva. No se trata de que la gran mayoría se haya puesto a analizar la nueva doctrina o busque formarse una idea sobre ella, no: se aguarda a que surga una mayoritaria posición popular. Un cuarto de siglo atrás, los comienzos de la agitación antiesclavista no encontraron mucha simpatía en el Norte del país. La prensa, el púlpito y casi todos permanecieron fríos ante ella. Y sucedió así a causa de la timidez y el miedo a hablar y a volverse odioso, y no porque se aprobara la esclavitud o por falta de compasión hacia el esclavo. Es que nadie –ni el Estado de Virginia ni yo mismo, por ejemplo– es capaz de sustraerse a esta regla de la uniformidad y constituirse en excepción. Y entonces nos sumamos a la causa de la Confederación no porque así lo quiséramos, que no era el caso, sino porque deseábamos seguir la corriente. Ésta es la ley que redondamente impone la naturaleza, y nosotros la obedecimos.
El deseo de seguir la corriente es lo que vuelve triunfadores a los partidos políticos. No hay más motivo para comprometerse con, y militar en, un partido político que el antecedente de que nuestro padre también lo haya hecho. El común de los ciudadanos no se dedica a estudiar las doctrinas de los partidos, y hace bien: ni tú, lector, ni yo, llegaríamos a entenderlas. De ahí que si se le solicita a alguien que explique con cierto grado de inteligibilidad por qué prefiere una cara de la moneda, y no la otra, su intento será un desastre. La misma historia se repetirá si se trata de explicar la cuestión arancelaria. Es que todo vasto credo político abunda en problemas intrincados, problemas que están muy por debajo de los alcances de un ciudadano del montón. Lo que de ningún modo resulta raro puesto que también están muy por encima de la capacidad de las mentes mejor dotadas del país. Al cabo de tanto barullo y tanto parloteo, ninguna de esas doctrinas ha demostrado de manera concluyente cuál es la más acertada y la mejor.
Quien adhiere a un partido pretende perpetuarse en él. Aun si llega a cambiar de opinión (quiero decir, a modificar sus sentimientos, sus simpatías), de todos modos prefiere la permanencia. Allí están sus amigos de toda la vida. Y entonces se guardará sus verdaderos sentimientos y continuará exhibiendo los que en su fuero interior ya desechó. Unicamente en tales términos negativos, y no en otros, ejercerá el privilegio norteamericano de la libertad de expresión. Esta clase de desdichados se encuentran en ambos partidos dominantes, aunque no sabemos en qué proporción. Por lo demás, tampoco sabemos qué partido se hizo con la mayoría en una elección...
La libertad de expresión es el privilegio de los muertos, su monopolio. Ellos pueden decir cuanto quieran sin ofensas. Sentimos conmiseración por lo que dicen los muertos. Puesto que sabemos que ya son incapaces de defenderse, podemos desaprobar lo que dicen pero no los insultamos ni denigramos. ¡Cuántas revelaciones podrían hacer si hablaran! En materia de opiniones, sabemos de sobra que ninguna persona ya ida tuvo en vida aquellas opiniones que íntimamente sentía como suyas. Por miedo, por cálculo voluntario, o por renuencia a herir a los amigos, desde siempre guardó para sí mismo pareceres ni siquiera sospechados por su minúsculo entorno, y acabó por llevárselos a la tumba. Y, a su vez, más tarde, los vivos llegarán a descubrir, conmovidos y avergonzados, con un dejo de autocensura, el hecho de que ellos tambien están cortados por la misma tijera. Más: descubrirán, allá en lo hondo de sí mismos, que ellos, y con ellos la nación toda, no son ni serán nunca lo que aparentan.
No obstante, no se encuentra a nadie entre nosotros que desee revelar de buena gana estos secretos. Dado que sabemos que no podemos hacerlo en vida, ¿por qué no hacerlo desde la tumba y así hallar satisfacción? ¿O por qué no asentar estas cuestiones en nuestros diarios íntimos, en lugar de dejarlos fuera de ellos tan precavidamente? ¿Por qué no confesarlo en esas páginas reservadas y permitir que nuestros amigos las lean allí? Porque no hay ninguna duda de que la libertad de expresión es algo deseable. Así lo sentí en Londres, cinco años atrás, cuando los simpatizantes de los boers (hombres respetables, que pagan sus impuestos, buenos ciudadanos, y más comprometidos con sus ideas que muchos otros) fueron atacados en sus mitines, sus oradores maltratados y arrojados de los podios por ciudadanos que disentían de sus opiniones. Así lo sentí en América cuando se agredieron mitines y se golpeó a sus oradores. Y, más especialmente, así lo sentí yo cada semana o dos, cuando estaba a punto de publicar algo que una sensitiva discreción me susurraba que no debería hacerlo. A veces mis sentimientos son tan ardientes que debo tomar un lápiz y ponerlos sobre el papel para que no me quemen; pero tanta tinta y esfuerzo terminan por ser inútiles porque no puedo publicar su resultado. Acabo de finalizar ahora mismo un artículo de esta clase, y me entusisma mucho. Hace que mi alma abatida se alegre de leerlo y prevea, de antemano asombrada, el conflicto que provocará entre mi familia y yo. Pero lo dejaré sin publicar, y lo divulgaré desde mi tumba. Que de este modo es como se ejerce la libertad de expresión y de paso no se daña a la familia.
Nota y traducción de Danubio Torres Fierro
http://www.letraslibres.com/index.php?art=13965
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