sábado, 28 de março de 2015

El futuro de los jóvenes por Francisco Vaz Brasil



El futuro de los jóvenes 
Francisco Vaz Brasil



Yo no soy nada
Jamás seré nada
No puedo querer nada.
Fuera de eso
Tengo em mí
Todos los sueños del mundo
(Álvaro de Campos –Poema  parte – Fernando Pessoa)

     El mundo está lleno de personas jóvenes. Todos tienen sueños. “El sueño es una forma immediata de realización del deseo”, afirmó Freud.

Desde muy temprano los jóvenes imaginan muchas cosas em relación al  futuro que quieren tener. Muchos de ellos no saben que es necesario hacer um bueno planeamiento e  eso depiende de muchos factores, como el auxilio de sus padres.

Entonces los jóvenes planean en primer hogar estudiar, obtener uma graduación y despues  trabajar y tener  suceso profesional,  hacer carrera, recibir um bueno salario en una buena companía. Y los jóvenes tienen prisa. La prisa, el ritmo acelerado de la vida cambiase en uno vicio. Y los jóvenes están muy vulnerables en relación a esta realidad.

Además del suceso profesional muchos de ellos sueñan em constituir uma família, tener hijos y vivir tranquilamente en una amplia y confortable vivienda, tener un bueno coche, viajar, conocer otros paises e hogares.

Sueñar es preciso, pero prepararse es fundamental.. El planeamiento es primordial. 

Volver la atención para el futuro de modo sistemático e afirmativo, organizando las acciones para llegar a los objectivos y prevenir lo indeseable es fundamental. 

La esperanza y la coragen de ser – y no solo de tener – deben siempre ganar del miedo y las demás dificuldades que suelen impedir las realizaciones.

El continente, de Erico Veríssimo, por ANTÓNIO SÁEZ DELGADO



El continente, de Erico Veríssimo

La epopeya de un país
Erico Verissimo ofrece un gran retrato histórico de Brasil a través de cuatro familias
El primer volumen de esta intensa trilogía, ‘El continente’, se publica ahora en España
ANTÓNIO SÁEZ DELGADO

La literatura brasileña crece en el exterior al mismo ritmo que su economía en los mercados internacionales. Convertido en una especie de controvertido El Dorado contemporáneo para los jóvenes portugueses (y no solo para los portugueses, también para españoles e italianos, especialmente), que ven en el mayor país sudamericano la única oportunidad de futuro sin tener que cambiar de lengua, Brasil continúa una feliz expansión cultural a la que España no ha sido ajena en estos últimos años. Y la historia de esa expansión tiene también algo de metáfora económica: el número de libros traducidos aumenta considerablemente cada año, y este hecho se hace especialmente significativo porque partíamos de un escenario de casi absoluto desconocimiento de su mundo editorial.

Por eso, junto a la aparición más o menos arbitraria de jóvenes escritores brasileños importados de la mano de algún premio en su país, se hace justo reconocer la trascendencia de la publicación de El continente, de Erico Verissimo (1905-1975), uno de los libros estructurantes y, al mismo tiempo, más conocidos y populares de la literatura brasileña del siglo XX. Su autor, periodista y editor (vinculado a la mítica Editora do Globo, de Porto Alegre), además de autor de novelas, cuentos, libros de viajes, autobiografía y ensayos, fue también traductor, y uno de los más prestigiosos de su país, de escritores como Edgar Wallace, Aldous Huxley o John Steinbeck. Una personalidad singular, sin duda, que ha hecho del suyo uno de los nombres más reconocidos de la literatura brasileña de su siglo.

El continente, publicado en 1949, constituye la primera parte de la monumental trilogía El tiempo y el viento, de la cual forman también parte El retrato (1951) y El archipiélago (1961). Los tres títulos suman un total de más de dos mil páginas en las que Verissimo ofrece al lector una gigantesca aproximación a la historia de Brasil vista desde el Estado de Rio Grande do Sul, junto a las fronteras de Uruguay y Argentina, convertido en una especie de microcosmos con papel destacado para la propia formación del Estado “gaucho”, uno de los gentilicios de aquella tierra donde se fusionan las influencias culturales. Así, el lector que se adentre en la trilogía tendrá la oportunidad de recorrer dos siglos de la historia del sur del Brasil, desde mediados del siglo XVIII, con la ocupación del Continente de San Pedro, y 1945, fin del Estado Nuevo fundado por Getúlio Vargas en 1937.

El continente es um libro estructurante y, al mismo tiempo, uno de los más conocidos y populares de la literatura brasileña del siglo XX

El continente, parte inicial de esta gran epopeya, se sirve de las estrategias propias del neorrealismo para narrar la historia de la fundación del Estado a través de la intrahistoria de cuatro familias, cuyas vidas y relaciones sirven de argumento a Verissimo para ofrecer el relato de una sociedad conflictiva, en la que confluyen jesuitas e indios con el telón de fondo de la violencia dominada por las luchas entre portugueses y españoles por dominar el territorio, y cuyas raíces se hunden en el siglo XVI. La lucha por la tierra y las guerras internas, siempre analizadas desde una perspectiva realista, que concede a su vez gran importancia al desarrollo psicológico de los personajes y no desdeña el uso de algunos argumentos del modernismo (la libertad lingüística con la que se expresa el narrador es buen ejemplo de ello), se apoderan de la obra hasta convertir al lector en un elemento más de la narración, atento a los ajustes y desajustes con que se articulan los principios identitarios del territorio en cuestión. El continente, que avanza en la historia señalada hasta finales del siglo XIX, tiene por todo ello algo de libro de historia y algo de tratado de mentalidades, siempre con unas virtudes narrativas indudables, que convierten a algunos de sus protagonistas (como la mítica Ana Terra) en personajes inolvidables de la cultura brasileña, con mucha frecuencia adaptados al cine o a la televisión.

Todo ello está a disposición del lector español gracias al trabajo encomiable de Basilio Losada, que nos ofrece una traducción rigurosa de un texto complejo, y que Antonio Machado Libros ha tenido la lucidez y la valentía de hacer llegar a nuestro mercado. El propio Erico Verissimo afirmó que “cuando soplan los vientos de cambio, unas personas levantan barreras, otras construyen molinos de viento”. Esperemos que las barreras entre Brasil y España, entre España y los países lusófonos, hayan desaparecido para siempre, y que a la publicación de El continente puedan seguir las de los dos volúmenes que cierran esta trilogía monumental, El tiempo y el viento, tras cuya lectura es mucho más fácil comprender ese país, que es en realidad un continente o, casi, un planeta por explorar.

El tiempo y el viento. El continente. Erico Verissimo. Traducción de Basilio Losada. Antonio Machado Libros, 2013. 592 páginas. 20,90 euros

http://cultura.elpais.com/cultura/2013/06/05/actualidad/1370428964_584962.html
 

EL ADVERSARIO INTERIOR (Théa Schuster) (Edt. Luciérnaga)


EL ADVERSARIO INTERIOR
(Théa Schuster) (Edt. Luciérnaga)
       La Sombra, el Anima y el Animus son arquetipos, como los llama Jung, durante el tiempo en que son vividos en estado "bruto", es decir no conscientes y no integrados, pero ¿qué es un arquetipo?
     Un arquetipo representa una verdad humana, universal, que existe desde el principio de la humanidad. Su particularidad está en que no puede nunca definirse de manera racional, pero se transmite al hombre únicamente a través del lenguaje de los símbolos, los mitos y las imágenes. En todas partes donde aparece la vida humana, se encuentran ciertos fenómenos, raíces y primeras fuentes, nos dice Dürckheim. El arquetipo mismo no cambia nunca. Su forma, su imagen, se van transformando según el lugar, la tradición y la época. Pero el contenido de su mensaje permanece y permanecerá siendo siempre el mismo. El arquetipo es independiente del tiempo cronológico y del lugar, por lo tanto posee una calidad eterna, más allá del tiempo y del espacio. Si no fuera así los mistos del antiguo Egipto o de la antigua Grecia no tendrían ya nada que ver con nosotros, y no es el caso. Todavía hoy las mitologías egipcia, griega y celta aportan muchas respuestas a nuestras preguntas fundamentales de hombres y mujeres de los tiempos modernos.
      Aplicado a la Sombra, al Anima o al Animus (que se vuelven a encontrar bajo formas diferentes en todas las culturas y tradiciones), el hecho induce a creer que su presencia y su impacto sobre nosotros sobrepasan con creces el estrecho marco de la conciencia racional. Los arquetipos intruducen en nuestra vida una calidad y una fuerza que es sobre-humana o in-humana. La Sombra, el Anima y el Animus son vividos como dioses, dotados de enorme poder con el que no habrá que medirse jamás. La relación de fuerza es terriblemente desigual entre la conciencia del yo limitada a lo conocido y a lo racional, y la potencia innata de esos dioses que habitan nuestro inconsciente. Los arquetipos son los representantes del inconsciente colectivo, son la suma de todas las experiencias vividas desde que la humanidad existe. Cualquier vida humana aporta su parte a ese oceáno inmenso que es el inconsciente colectivo.
     Éste no puede nunca llegar a ser totalmente consciente en efecto, ¿de qué manera una gota de agua podría contener, aprehender todo el océano? Por el contrario esa gota puede hacer la experiencia concreta de que ella es de la misma esencia que el océano, de que es una parte única, indispensable y necesaria de él, de su totalidad.


     Participamos en el inconsciente colectivo a través de la Sombra, del Anima y del Animus que son las gotas salidas de ese océano y nos son destinadas personalmente. Quiero decir que a cada hombre le concierne -es su destino individual- la integración de una ínfima parte del inconsciente colectivo. Y esa parte sólo le concierne a él y a nadie más. La condición evidente para participar en la inmensidad de la experiencia humana es la toma de conciencia de esa gota de agua que nos es destinada, sin la cual no seríamos nosotros, los hombres, los que haríamos la experiencia de la totalidad en nuestra existencia limitada y a su pesar, si no sería el océano el que engulliría una pequeña parte anónima de él mismo sin que nada le fuera revelado, ni a él, ni a la gota.
     Cada ser humano se ve un día enfrentado con el colectivo. Pero no solamente con el inconsciente colectivo sino también con la conciencia colectiva. Esto está en estrecha relación con que el adversario colectivo existe también, es el Mal Absoluto que se exterioriza sobre todo en las guerras y otros horrores. Por fortuna, nadie alberga en sí mismo la totalidad del Mal Absoluto; pero a cada uno le toca en suerte un aspecto de ese Mal Absoluto bajo la forma de su adversario interior y personal, una especie de partícula bien precisa de ese mal colectivo. Esa participación en el mal colectivo por el sesgo del adversario interior es en el fondo una llamada a la responsabilidad humana y, si cada uno de nosotros nos endosáramos esa responsabilidad respecto a la propia fuerza adversa, reconociéndola y por lo mismo comprometiéndose en un movimiento de transformación, cada uno contribuiría a la liberación y a la realización de la humanidad.
     Pero, a propósito, ¿cómo se llega a ser consciente de esa partícula de Mal Absoluto que habita en cada uno de nosotros?

quinta-feira, 26 de março de 2015

A epopéia de um trabalhador, Francisco Vaz Brasil



A epopeia de um trabalhador
Francisco Vaz Brasil


 Orlandinho era um homem muito trabalhador. Um baixinho forte, daqueles que chamamos de “entroncado”. Ele vivia em Muaná, lá pras bandas do Marajó. Já fez de tudo na vida: foi vaqueiro, vendeu leite nas ruas - que transportava em uma carroça puxada por um jumentinho. Foi peixeiro e até vendeu tapioca e roscas. Quando vendia roscas, Orlandinho, também chamado de “Jumentinho” pelos amigos próximos (nem queira saber o porquê), gritava pelas ruas “Olha a rosca, tá fresquinha a rosca do Jumentinho”. “Aproveita gente, tá quentinha a rosca do Jumentinho”. 

Orlandinho ficou impaciente, pois os negócios não iam bem. Resolveu ir pra Cametá. “Eu vu pra Cametá, eu sube que lá é bom de trabaiá” comentou na taverna do Raimundinho enquanto sorvia avidamente uma Coca-Cola. Lá, não se deu muito bem e pegou uma carona no barco e veio para Belém. Em Belém não conhecia ninguém. Andou pelo Ver-o-Pêso e em uma daquelas ruas transversais à Gaspar Viana, ele avistou, já  próximo à 1º de Março, em uma das portas havia um cartaz que dizia: “Estamos contratando pessoas para trabalhar em Monte Dourado”. Orlandinho não contou conversa – foi lá e se inscreveu. Foi muito bem atendido. A viagem de manhãzinha do outro dia aconteceria. 

Com fome e muito envergonhado porque possuía apenas uns trocados no bolso, ele voltou ao Ver-o-Pêso e lá pediu uma cuia de açaí, com farinha – seria sua refeição diária. Não havia comido nada. Dormiu ali mesmo, na escadinha.
No outro dia, bem cedo e já com as informações onde seria o embarque, Orlandinho foi à pés.
Lá, identificou-se ao funcionário e tomou lugar no barco. Estava feliz. Havia conquistado um lugar para trabalhar - e comida. Armou a fétida rede, nela se alojou, iniciou uma série de meditações e dormiu.
Após trinta e seis horas de viagem, o barco finalmente chegou. Em Monte Dourado ele foi encaminhado ao setor de pessoal e, então soube que trabalharia na plantação de Gmelina arborea. Fez os registros de praxe, como a assinatura do contrato de trabalho e da carteira.

Fez amizades com alguns colegas, alguns com algum tempo de serviço na empresa. No primeiro mês em que recebeu seu salário, Orlandinho foi convidado pelos companheiros a tomar umas cervejas no Beiradão. O Beiradão ficava do outro lado do Rio Jari, já fazendo parte do Estado do Amapá.

Todo desconfiado ele aceitou o convite. Eram quatro. Deixaram o alojamento e partiram. Na margem do Pará subiram numa catraia (canoa motorizada) e foram para o Beiradão. As águas do rio Jari estavam altas. Lá chegando, entraram em um dos inúmeros bares. E Orlandinho, apreensivo. Pediram duas cervejas e um tira-gosto. De repente, em um outro bar próximo, aconteceu uma confusão. Dois sujeitos se engalfinhavam numa briga ferrenha, por causa de uma mulher. E o pau comeu, pois mais gente se meteu na briga. A polícia chegou a pedido do dono do bar. Os presos foram mandados para o Pau do Boi (nome dado pelos peões â cadeia local). Os ânimos se acalmaram e a música comeu no centro – só brega e mulher feia. Logo Orlandinho comentou, tal Jorge: “Muié fêa e burro véio só o dono anda atrás”...

Depois de algumas cervejas (quase naturais) e alguns peixes fritos, e de pileque, Orlandinho sentiu uma tremenda dor de barriga. Êh sumano, por favor, onde fica o banheiro? O dono do bar apontou: “É logo ali karái!”
Orlandinho teve que esperar um sujeito bêbado, que estava urinando. Finalmente ele entrou. O efeito foi rápido e a onomatopéia desceu com mais de mil: Práááááááá!!!!!!. E Orlandinho sentiu uma coisa estranha. Peixes, vários peixes nadavam ali, bem pertinho, logo abaixo da privada que não passava de um caixote, montado na palafita. E ele reconheceu os Pacus, Bagres e Pacamões... Procurou pelo papel higiênico e... nada! De repente ele notou um papel  escrito na parede de tábuas que ele quase não conseguiu ler a grafia, em que se podia ler:

“Quando entro neste banheiro,
Sinto uma tristeza profunda;
Quando a merda bate na água
E a água me lava a bunda!...”

E agora? Perguntou-se a si próprio
O que é que vou dizer
Com a perna toda cagada,
A bunda toda melada
Que merda é que vou fazer?

Orlandinho vestiu as roupas assim mesmo e pulou na água suja do rio. Nunca mais comeu os peixes que viu nadando sob a cintina, que o dono do restaurante ali mesmo pescava, em seguida assava, ou cozinhava e ele lhe serviu. Foi à mesa dos colegas, se despediu e, em seguida, pagou a conta e partiu.